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Posts Tagged ‘fútbol’

Ya está Berbatov haciendo de las suyas.

Ojo con su segundo gol (el tercero del partido)

Editado: Pincha para ver el vídeo

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Genial Sketch humorístico de los Marcatoons, muñecos animados digitalmente que representan a grandes figuras del deporte tanto español como internacional.

La que os pongo habla de Cristiano Ronaldo, y de cómo el presidente del Real Madrid es incapaz de sacárselo de la cabeza

Llamando a Cris (pincha para ver el video)

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“..Bueno que te llamo para decirte que ganamos 7 a 1. Sí si, como tu número..”

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El Manchester United FC se ha hecho con los servicios del búlgaro Dimitar Berbatov justo antes de que se acabara el plazo de fichajes en la Premier League. Una pena, porque el Barcelona también estuvo interesado y habría sido genial verle jugar en España.

Ahora la delantera de los diablos rojos da aún más miedo, con Tévez, Rooney, Cristiano Ronaldo, Berbatov, Giggs, Nani…

¿La cifra? Segun qué pagina miremos oscila entre los 38 millones de UEFA.com y los 55,5 de Marca.com, parece una cantidad alta, pero creo que es un precio justo por contar con este jugador, que creo va a encajar perfectamente en el esquema del Manchester. Villareal, cuidadito en la champions, avisados quedais…

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Dos caídas

El video de hoy está sacado de la genial sección Lo que el ojo no ve, de un programa sobre fútbol que se emitía en canal +. Contiene un primer porrazo en una camilla, y una segunda ostia que con los comentarios del narrador y la puesta en escena no tiene desperdicio. El video debe tener unos 10 años, pero es buenísimo.

Hay un montón de videos sobre esta sección, como el juego de manos de Kovacevic, un piscinazo de un entrenador, Fermín el del banderín (un juez de línea al que ver en directo es un espectáculo)… y un amplio etcétera. En fin, que pasaran un buen rato tanto si son amantes del fútbol como si no lo son.

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Mala época la del estudiante universitario cuando se acerca el final de curso. Los días se suceden en un bucle de operaciones tan previstas que apenas queda lugar a la auténtica improvisación. Mañana tras mañana, toca levantarse y sacar los apuntes, y pasar unas cuantas horas delante de ellos tratando de asimilar la mayor cantidad posible de conocimiento. Un breve espacio para las comidas y un descanso necesario, en la mayoría de los casos acompañado de su correspondiente siesta, es la innegable pausa que pide el cerebro para desconectar de tanta amalgama de conceptos.

A pesar de durar aproximadamente un mes, se convierte en una asquerosa rutina que acaba quemando tu tiempo libre, limitando las salidas con amigos y en mi caso, dando vía libre a todas esas teorías conspiratorias que me rondan por la cabeza en este período.

Como Bill Murray en la película que lleva el nombre de esta entrada, me despierto habiendo asimilado lo que estudié ayer, pero como si el mundo no hubiera dado una vuelta, continúo con la misma sarta de acciones que el destino parece tenerme preparados. Es frecuente la sensación de dejavú al ver que la hora del reloj coincide con la del día anterior, y no sólo la hora, sino mi postura en la silla, mis apuntes, e incluso los olores y sonidos parecen no diferir de los que escuché apenas 24 horas antes.

Sólo mi imaginación parece ir un paso más allá, pero no para bien, sino para mal. A menudo me juega malas pasadas, haciendome creer que mi tarea no es la de estudiar, sino la de pasar día sí y día tambien participando en uno de esos concursos televisivos, en los que tengo que responder a unas absurdas preguntas durante toda la eternidad…

Para colmo de males, la pesadilla suele tener lugar en el estrambótico plató de Pasapalabra, donde quedo encerrado junto a dos famosos que pertenecen a mi equipo. Su tarea es la de ayudarme a ganar al concursante del otro equipo, que cuenta con la inestimable ayuda de otros dos personajes famosos. Sin embargo, sus acompañantes parecen auténticos eruditos del conocimiento universal, mientras que mi pareja de colaboradores debió salir rebotada de algún casting de Gran Hermano. Ni su declarada afición por los deportes parece servirles de nada cuando les tocan las preguntas acerca de la presente Eurocopa, de los Juegos Olímpicos, o sobre cuestiones tan banales como el nombre de la herramienta con la que se juega al tenis. El caso es que su turno concluye con un anunciado fallo, que da paso a mi turno. En él, me apedrean a cuestiones históricas y geográficas, precisamente mi caballo de batalla, un campo de conocimiento que ni a base de partidas exhaustivas de trivial he conseguido mejorar con notables resultados. En la decimoquinta anécdota sobre la muerte de Napoleón, acumulo el decimoquinto fallo, y el turno pasa al rival, que acierta sin pestañear los 10 picos más altos del mundo, para regocijo de su pandilla.

100 programas, y los que quedan…

Otra de mis vivencias recurrentes es caer encerrado en un estadio de fútbol, en los cuartos de final de la Eurocopa en concreto. En él, me juego el pase a semifinales con España, y a pesar de contar en el equipo con todas las figuras que el entrenador ha convocado, el resultado siempre es 1 a 1. A veces marca Villa, otras Iniesta. Otras soy yo mismo el que coloca el balón en la escuadra tras un saque directo. A veces miro hacia el banquillo que me gustaría tener, buscando en mis convocados el desequilibrio con el que el entrenador no ha querido contar. Y en él veo a Cesc, con la sudadera puesta y el gesto torcido, porque está lesionado y no puede entrar. Veo a Yeste y a De la Peña, cada uno con la camiseta de su club, lo que me recuerda que no entraron en la convocatoria. Berbatov también me observa desde el banquillo con el chándal de la selección búlgara, equipo que no clasificó para este campeonato, y de alguna forma intenta motivarme a conseguir pasar de ronda por todos aquellos que no pueden estar aquí. Incluso Messi vibra con nuestras jugadas de peligro, ya que por la afinidad que tiene a nuestro país, está deseoso de un triunfo de la roja.

Y sobre todo veo a Guti. Al Guti futbolista con lo bueno y lo malo, un jugador que me llevaría, que aunque no siempre fuera titular por sus idas y venidas de olla que te pueden dejar con uno menos en el momento menos pensado, sí que saldría en la segunda parte para dar ese último pase que nos pone de cara un partido ya perdido. Y Guti, cansado de no entrar en las convocatorias, ni siquiera lleva puesto el atuendo de España. Con el peto sobre el chándal y la mirada perdida hacia un córner, se hace el loco como si la cosa no fuera con él, como si a modo de castigo por todos estos años sin que lo llamasen a la selección quisiera privarnos de su innegable magia.

La conclusión es que no hay manera, los italianos siempre consiguen empatar a uno, y mandarnos a los penalties. Casillas pone todo de su parte, incluso yo acierto a meter el mío. Pero con 5-4 y la necesidad de empatar, Torres manda el cuero a las manos de Buffon y ahí acaba el sueño de los españoles, y con él mi pesadilla. Lo cierto es que alguna vez he soñado algo muy parecido, y desde entonces no consigo que esta situación se vaya de mi cabeza, mucho menos en días como éstos.

El sueño acaba aquí. Para volver a empezar mañana…

Y de las más crueles artimañas que me reserva mi intelecto, en un alarde de originalidad sin precedentes, decide apresarme como el protagonista de un videojuego, condenado toda su vida a matar enemigos, coleccionar corazones y pasar de nivel.

Al menos las otras dos pesadillas me dejaban cierta libertad a la interacción con personas humanas, sin embargo en esta acabo rodeado de montañas animadas de píxeles, sin otra fijación que acabar con mis vidas. Esto me lleva a recorrer en innumerables ocasiones las montañas de Sonic y Mario, acumulando inservibles monedas y anillos de oro que no van a hacerme rico en ningún universo conocido, además de aplastar a toda serie de criaturas imposibles de ver en un zoológico por mucho que se empeñen los dueños en el cruce de especies.

Ojalá durase sólo un segundo…

O una que me aterra en particular, la de ser el personaje principal de Harry Potter, y tener que aprenderme unos tochos insufribles para dibujar cuadrados y círculos con la varita, o para meter un montón de folios dentro de una mísera carpeta.

Puestos a elegir, y ya que en esta vida hay que aprenderse auténticos tochos para conseguir un título, prefiero el mundo actual. A punta de ratón estoy dibujando mis primeros círculos y cuadrados, incluso alguna figura que tiene cierto parecido con una persona humana. Y eso de meter los folios en la carpeta también es algo cansado, pero estoy tan acostumbrado que prefiero el método tradicional.

Mi pesadilla se convierte entonces en la realidad, estar acosado por esa espada de Damócles que son los exámenes, en los que se juzga una serie de conocimientos que quizás sólo hagas tuyos por unos días y ya no te acompañen ni te exijan más durante el resto de tu vida. En ese camino entre el abismo y la salvación me muevo en estos días, una senda que puede llevarme a acabar los estudios, y en la que tengo puesta muchas esperanzas, es por eso que me encuentro algo agobiado (sólo un poco, pero en mí ya es suficiente) en esta etapa final de mi carrera universitaria. Espero que a ustedes no les resulte tan abrumador para su mente como pasa conmigo.

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Para el que aún no conozca a esta maravilla de jugador, y para quien lo conozca y quiera saber un poco más, recomiendo este impagable post en el blog de Rubén Uría, acerca de Matthew Paul Le Tissier, ‘Le God’.

Una joya de futbolista, que amaba tanto a su equipo (Southampton, 1986-2002) que dedicó a él toda su carrera deportiva. A pesar de que este club era de segunda línea, y de recibir ofertas de más de un grande, Le God nunca se movió de su casa. Como ya dije, Rubén Uría les explicará mucho mejor las hazañas deportivas de Le Tissier que yo, así que a él me remito.

Aquí van un par de vídeos, en el primero vemos el golazo al que se hace referencia, y en el segundo la alegría al ver que su equipo había evitado el descenso esta temporada.

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La guerra

Sofocado en el tórrido calor que sucede a un almuerzo tardío, me veo sumergido en la eterna batalla de cada fin de semana, una contienda en la que participan cinco soldados por bando con la única misión de ganar al enemigo a cualquier precio.

Una cruzada ya prevista por ambas partes, mediante un pacto previo sellado en el débil anonimato de las nuevas tecnologías. Una ofensiva en que los componentes de cada ejército no se definen hasta segundos antes del enfrentamiento, en esos breves momentos que albergan cómplices risas entre amigos de toda la vida, compañeros que instantes después pueden convertirse en tu peor pesadilla, en un infranqueable muro o en una avispa de veneno mortal, que asesta una lenta muerte a quien se expone demasiado a su picadura.

La ilógica del azar y el raciocinio de un improvisado jefe de filas, sumado a la lista de mercenarios disponibles, componen la suerte del complejo algoritmo que designa a los integrantes de cada cuadrilla. La estadística de estas variables promete que cada combate siempre será inaudito. Mientras, abstraídos en infinitos cálculos acerca de los lances del acometimiento, los mariscales de cada equipo retrasan el inicio de las hostilidades, en tanto que se encargan de elegir por turnos a los guerreros que conformarán sus tropas.

Aunque la auténtica condición de mariscal yo trato de evitarla antes del combate, ya que sólo me interesa ocupar ese cargo cuando estoy inmerso en cualquiera de las innumerables escaramuzas que se darán a continuación, en las que prefiero ser el que elija la dirección en la que avanzará mi escuadrón. Con la sangre fría del veterano jugador de ajedrez, la misión que me encomiendo es tomar la decisión de elegir al verdugo encargado de ejecutar el movimiento definitivo, abrir vías de ataque en los puntos débiles de la multitud rival, y entre esa muralla de peones, torcer la mirada al vacío, en un engaño premeditado, para urdir la maniobra que permita a la reina de mi legión estar a solas con la pieza más sagrada y protegida del ejército contrario.

Sin más armas que un par de botas y una botella de agua, y con la única ayuda de una mente tanto o más ágil que mis piernas, me valgo de la colocación y la velocidad de movimiento para salir victorioso de las continuas reyertas en las que voluntaria o involuntariamente me veo inmerso. El sudor no tarda en aparecer y con él la fatiga, en forma de ácido láctico que anula algunas de mis decisiones, y me obliga a descartar la participación en contadas pugnas, en las que me siento impotente de ver a mis guerreros dejarse la piel defendiendo su base, mientras yo sondeo las alternativas viables de un posible contraataque.

Hace unos años, veía a algunos chavales mayores librando estas refriegas, en el mismo campo de batalla en el que hoy soy yo uno de esos hombres dispuestos a luchar por la gloria. Aunque el premio a la victoria no sea tangible, la mera sensación de disfrute mientras haces lo que más te gusta en el mundo es algo que no tiene precio, confirma la certeza de que las mejores cosas que existen son gratis. Porque es imposible comprar con dinero a un grupo de viejos amigos, aunque jóvenes en edad, que se reúnen cuando pasadas las cuatro de la tarde, las nubes del mediodía dejan vía libre al sol.

Sin más armas que un par de botas y una botella de agua, se puede ser feliz y hacer feliz a los demás. En esa guerra en la que participan cinco soldados por bando, en esa bella guerra llamada fútbol, son las únicas armas necesarias.

“Quizás otras guerras debieran aprender del fútbol. Los vencidos siempre tienen oportunidad de revancha.”

Aclaración: cinco jugadores por bando, alude a la variante de este deporte denominada
"fútbol-sala"

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